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Crítica / Post-tensiones románticas: Strauss y sesquicentenario-Schönberg - por Luis Mazorra

Madrid - 02/06/2024

Dicen que Schönberg se molestó cuando un jerifalte de Hollywood le dijo en su despacho, que admiraba su… bonita… música.

¡Mi música no es  “bonita”, caballero! (Me lo imagino enojado a Herr Arnold, haciendo expresivamente con las dos manos ese gesto irónico que simula las... “comillas”...).

Esta (supuesta) anécdota se la escuché desde la orquesta que de inmediato iba a comandar, a un director internacional de renombre (cuyo nombre no viene al caso), mientras presentaba al público desde el podio, una de las pocas muestras de banda sonora del autor austriaco. Una página que, en aquella ocasión, iba a preceder a la Misa de Requiem por antonomasia (¡la de Mozart, claro!).

Pues bien, mal que le pese al citado homenajeado este año en su sesquicentenario (150 años cumplirá en septiembre Schönberg), “bonito” y enjundioso programa el presentado por el Ensemble Praeteritum, cuyos integrantes se citan puntualmente en el faldón.

Bello porque las dos obras en programa, en su diversa pero tensiva musicalidad desplegada, se volcaban en expresar la profundidad de ciertos sentimientos encontrados, difícilmente reconciliables pero insertos de lleno en las trágicas paradojas de la existencia humana.

Un Richard Strauss, para empezar, es plato fuerte. No son ciento cincuenta, pero sí que son otros rotundos ciento sesenta años, los que cumple el de Múnich, este 2024. Su poema sinfónico Metamorfosis, hoy en arreglo para septeto de cuerda (Rudolf Leopold), es obra aparte.

Una partitura íntima donde las haya, no por adentrarse en afectos privados, delicados o morbosos, sino por reflejar las profundas contradicciones internas de una personalidad musical controvertida, protagonista de su historia (para bien y para mal…) y, sobre todo, demasiado reciente como para juzgarla sin otros (cruciales) condicionamientos.

A la vez, una confrontación descarnada con la propia responsabilidad en el arte y por ende… en la vida (o, si quieren, mejor viceversa).

Es lo que se siente, lo que se sigue sintiendo pasados ya cerca de ochenta años desde su estreno, escuchando esta obra intensa, como todo lo escrito por Strauss, pero esta vez a lomos de un pretendido Sísifo que no logra salir de una turbia atmósfera (aquella abatida secuencia armónica recurrente) de impotencia y desasosiego.

Un arranque de concierto trascendental (en el sentido más existencialista de la palabra), que abarcó toda la primera parte en un denso programa del ciclo Satélites-OCNE de cámara y polifonía.

La segunda parte se reservaba el otro plato fuerte de este suculento menú musical, que mantenía aquella pretensión (post-) romántica.

Noche transfigurada de Arnold Schönberg es una obra que destaca la asimilación de su autor de la tradición heredada. Una tradición que se ha centrado a menudo en el legado de Brahms, por sus escritos y otras piezas tempranas, pero que aquí se asienta más en la órbita poemática y (post-) wagneriana.

Versiones convincentes, acordes con la diversa pero severa complejidad de las dos obras puestas en atriles cuya presentación de esta guisa conjunta, bipartita, ilustra un crítico panorama histórico más allá de lo puramente musical.

Luis Mazorra Incera

 

Ensemble Praeteritum: Pablo Suárez, Elsa Sánchez, violines; Alicia Salas y Paula García, violas; Aldo Mata y Mireya Peñarroja, violonchelos; y Laura Asensio, contrabajo.

Obras Schönberg y Strauss (Richard).

OCNE-Satélites. Auditorio Nacional de Música. Madrid.

 

Foto de Jose Luis Pindado

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