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Crítica / Notable equilibrio escénico-musical - por José Antonio Cantón

Córdoba - 05/04/2022

Una vez más, la colaboración del Teatro Villamarta de Jerez y el Gran Teatro de Córdoba ha tenido un eficaz resultado artístico en la representación de la ópera Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti, uno de los grandes impulsores del bel canto. De la puesta en escena ha sido responsable el dramaturgo cordobés Francisco López, demostrando su larga experiencia en el arte del teatro y su fino instinto en resolver los temas tratados por los autores, en este caso, sabiendo urdir libreto y música de tal modo que sólo resultara una particular y concreta realidad dramática. En lo musical, el maestro Carlos Domínguez-Nieto, director titular de la Orquesta de Córdoba que ocupaba el foso, ha sabido romper con el pasional estilo italiano de conducir esta obra para centrarse en una objetividad musical de complicada y diversa asimilación para los variados gustos que ha suscitado esta ópera a lo largo de casi diecinueve décadas.

Ambos directores han entendido su raro poder expresivo que participa de lo elegíaco y de lo lúgubremente trágico, que ofrece las notas más femenilmente tiernas y amorosas junto a los ímpetus de una pasional violencia viril, así han acertado en presentar la suprema idealización del grito de la locura así como la expresión extrema de la desesperación, estados de ánimo que se alternan con rara perfección melodramática como también los sentimientos de plegaria e invectiva, o los estados de idilio y maldición con admirable intuición psicológica, todo ello envuelto en determinantes acentos románticos de sueño y ensimismamiento, melancolía y hasta demonismo, sensualidad y terror, sustentados por un predominante  estado de fantasía convertido en realidad en el personaje de la protagonista, derivado en absoluta enajenación ante su incontenible y frustrado deseo de amor insatisfecho.

A su vez, han encontrado el paradójico mérito de haber sometido el contenido de esta ópera, que la hace única y universal, a la estructura más convencional de la época como es resaltar el recitativo introductorio seguido de parte cantada moderadamente, y saberlo continuar con una rápida cabaletta que viene a intensificar las emociones. Es notorio también en este sentido cómo han organizado los finales de cada acto empezando con distintas intervenciones de los personajes, coro y escuetos anticlímax seguidos de pasajes con un tempo acelerado de tumultuosa respuesta en acción y música.

Plasmar todo este entramado técnico y emocional ha resultado acertado en esta producción desde la impecable actuación de la soprano granadina María José Moreno en el papel protagonista, vértice sustancial de equilibrio del argumento del libreto que extrajo Salvatore Cammarano de la novela de Sir Walter Scott, La novia de Lammermoor, basada un episodio histórico acaecido en el sur de Escocia a principios del siglo XVIII.

Su calidad lírico-ligera quedó de manifiesto desde el primer momento con sobrada capacidad canora, hasta llegar a la segunda parte de la famosa escena de la locura, Ardon gl'incensi!, y la cabaletta subsiguiente, Spargi d'amaro pianto, momentos en los que demostró su vis dramática y la suficiencia de sus medios vocales sobrados para abordar las enormes exigencias belcantistas al límite de las posibilidades físicas. Antes, con controlada ligereza cantó la preciosa aria Quando, rapito in estasi de la cuarta escena del acto único inicial, demostrando una segura colocación vocal, y el dúo con Edgardo, Verranno a te sul’aure, del final de la primera parte de la ópera, así como en el muy logrado y admirado sexteto.

El partenaire en la historia, su paisano el tenor Moisés Marín en el papel de Edgardo di Ravenswood, demostró cómo va progresando en el afianzamiento de su carrera, como quedó demostrado en el referido sexteto, y fundamentalmente en el aria de la escena final de la ópera, Tu che a Dio spiegasti l’ali que culmina en esa expresión de amor eterno que inspira la obra como el esencial motivo romántico que la anima.

Del resto del elenco cabe destacar al bajo Manuel Fuentes en el papel del preceptor y confidente de Lucia, Raimondo Bidebent, por la expectativas que apunta en un registro vocal que parece sólo se encuentra asiduamente en cantantes del este europeo. El barítono gallego Javier Franco cumplió desde sus posibilidades de canto mantenido cuidando sutilmente los cortes consonánticos, lo que favorecía la dramatización sentenciosa del personaje de Lord Enrico Ashton. El tenor José Manuel Montero, la mezzo-soprano Lucía Tavira y el tenor Raúl  Jiménez cumplieron respectivamente su cometido en los papeles de Lord Arthur Bucklaw, la doncella Alisa y Normanno, jefe de la guardia del castillo de Ravenswood.

Como resumen y muestra de la buena sensación de equilibrio logrado entre la escena y la partitura de esta producción de Lucia di Lemmermoor, cabe mencionarse cómo el discurso musical fue respetuoso con el espíritu del autor en momentos como el sexteto, la respuesta del Coro de Ópera de Córdoba, adecuadamente cuidado por su director, José María Luque, en el tercer acto, y los enlaces orquestales, que mantuvieron siempre el acento trágico del argumento.

José Antonio Cantón

 

Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti

María José Moreno, Moisés Marín, Javier Franco, Manuel Fuentes, José Manuel Montero, Lucía Tavira y Raúl Jiménez

Dirección de escena: Francisco López

Coro de la Ópera de Córdoba y Orquesta de Córdoba.

Director musical: Carlos Domínguez-Nieto

Gran Teatro de Córdoba, 27-III-2022

 

Foto © Gran Teatro de Córdoba

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