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Crítica / La Grande Chapelle reivindica a Tomás Luis de Victoria - por Simón Andueza

Madrid - 05/02/2026

Hay nombres en la Historia de la Música que ocupan el lugar privilegiado que merecen por mérito propio, leyendas indiscutibles de un Olimpo de compositores por méritos propios. Tomás Luis de Victoria (ca. 1548-1611) es quizás la persona más alabada y considerada como la primera entre los compositores españoles de todos los tiempos por la gran mayoría de estudiosos, músicologos e intérpretes. Ahora bien, no existe una grabación íntegra de su magna obra por ningún intérprete español, y raramente escuchamos sus piezas en nuestros conciertos y ciclos más reputados más que de un modo testimonial. Es por ello que la velada organizada por el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) es digna de alabanza por diversos motivos. Primeramente por ofrecer varios conciertos, en León y en Madrid, de este programa, pero quizás lo más destacable sea la posibilidad de escuchar en exclusiva algunas de las piezas maestras de Tomás Luis de Victoria interpretadas por un reputado grupo español.

El programa, titulado Salve Regina, propuso como eje central del concierto a la fastuosa Salve Regina (1576) a ocho voces en dos coros que inspiró una de las grandes misas del compositor, su misa parodia Missa Salve Regina (1592) de idéntica construcción en cuanto a número de voces y coros. Este hecho demuestra no solo la popularidad y calidad de la Salve original basada en el cantus firmus de canto llano, sino la devoción mariana tan enorme alcanzada en tiempos de Victoria.

Pero no solamente pudimos disfrutar de estas composiciones, sino que además el concierto contó con una selección de algunas de las piezas más exquisitas de la producción del compositor abulense.

La Grande Chapelle se presentó en el escenario de la sala de cámara del Auditorio nacional  con una plantilla de ocho cantantes y de siete instrumentistas, además de su director. La base sobre la que se organizó el programa fueron dos coros formados por ocho personas, el primero a capella y el segundo doblado por cuatro instrumentos de viento -corneta y sacabuches- a lo que se sumó un basso seguente de tres instrumentistas. Tras las tres primeras piezas en esta disposición, el concierto fue cambiando los colores tímbricos en los distintos motetes que se sucedieron.

Así, en las piezas a cuatro voces se combinaron la distribución de un cantante por parte más el basso con otras disposiciones, como la interpretación luminosa de Ne timeas, Maria, cantada por una soprano en su línea acompañada del órgano y la tiorba, quienes desarrollaron el resto de las voces. Esta espléndida composición resaltó así un especial significado hacia el texto, simbolizando los sentimientos hacia la Anunciación por parte de la propia María.

El movimiento de la misa de mayor relevancia en cuanto a su interpretación fue el Credo, pieza que a menudo puede resultar larga y monótona por su longitud, algo que fue evitado por la atención a los distintos afectos de su texto, convirtiendo su ejecución en amena, vital y expresiva.

Debemos mostrar especial aprecio en la interpretación del soberbio motete Vadam et circuibo civitatem, a seis voces, cuyo poético texto del Cantar de los Cantares, así como la prodigiosa música con la que Victoria lo expresa, fueron expuestos con mimo por parte de sus intérpretes.

La pieza con la que concluyó el concierto, el Magnificat primi toni (1600) fue un verdadero broche de oro a esta velada, tanto por el esfuerzo comunicativo de los miembros del ensamble como por la belleza sonora alcanzada en sus gloriosos tuttis y en sus delicadas secciones más sutiles.

De los intérpretes que conformaron La Grande Chapelle en esta ocasión debemos decir que todos y cada uno demostraron su profesionalidad, conjunción y equilibrio sonoro en pro de una búsqueda conjunta hacia la creación de Tomás Luis de Victoria, que no es entendible más que bajo esa concepción grupal que desemboca en el glorioso resultado sonoro de su genio creador. No obstante, me gustaría resaltar algunas cualidades individuales de estos músicos.

En el apartado vocal, debemos decir que la soprano Irene Más mostró un especial compromiso expresivo y una pureza en su emisión de gran belleza. El contratenor David Sagastume por su parte, dio buena fe de su dilatada experiencia, siendo un sólido y dúctil elemento en esa voz intermedia de tan complejo registro. Asimismo en esa misma tesitura, Andrés Montilla-Acurero ejerció sus labores con una implacable estabilidad y afinación, con un hermoso timbre. En las voces graves, el barítono Hugo Oliveira ofreció unas sólidas incoaciones del canto llano a la vez que dominó su difícil rol de baritenor del primer coro, mostrando asimismo un generoso volumen en el grave en las cadencias finales. Por su parte el bajo Renaud Delaigue ejerció de sólido y rotundo sostén armónico mediante una poderosa voz.

En cuanto a los instrumentistas, debemos alabar el empaque y belleza sonora del conjunto de metal, mientras que fueron un verdadero conjunto ensamblado y seguro quienes conformaron el basso seguente, el organista Jorge López Escribano, el tiorbista Christoph Sommer y Marta Vicente en el violone. 

El alma máter de este proyecto y fundador de La Grande Chapelle, Albert Recasens, exhibió un verdadero amor hacia la música de Tomás Luis de Victoria, a la vez que mostró una estudiada interpretación de cada obra, siempre a través de su texto, tanto en expresión como en su fraseo. El compromiso y la concentración constantes de Recasens dieron como resultado un verdadero y justo homenaje hacia las obras maestras que el abulense nos legó.

El público guardó un respetuoso silencio durante todo el concierto que solo fue interrumpido tras la última obra del programa. La cálida ovación brindada hacia los intérpretes dio como resultado la repetición de la última y bellísima sección de Salve Regina, O Clemens.

Simón Andueza

 

La Grande Chapelle, Albert Recasens, director

Salve Regina

Obras de Tomás Luis de Victoria (ca. 1548-1611)

Ciclo ‘Universo Barroco’ del CNDM.

Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música, Madrid.

4 de febrero de 2026, 19:30 h.

 

Foto © Elvira Megías

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