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Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica - Guillermo García Calvo conquista Der Ring (Chemnitz)

24/04/2019

El teatro de Chemnitz, ciudad sajona de unos 250.000 habitantes, ha programado todo el Anillo wagneriano en solamente cinco días, dejándonos a nosotros, público asistente, solamente un día tras Siegfried y antes de acometer la jornada final del Ocaso para solaz y recuperación de energías. Si esta proeza organizativa y de planificación la hiciera uno de los grandes teatros, como por otra parte suelen hacer, llámense Met, Royal Opera House u Ópera de Viena, no nos sorprendería, pero proviniendo de un teatro que no juega en la Champions por ahora, no cabe sino descubrirse y hacer una genuflexión. Por motivos obvios, los grandes nombres de la escena lírica no aparecen en los carteles, y los grandes nombres de los directores de escena tampoco son comunes en estas producciones. Este Anillo, construido en solamente un once meses, pues la première de El Oro del Rin fue en febrero de 2018 y en diciembre ya estrenaban Ocaso, se presenta en este mes de abril por primera vez como ciclo sin interrupciones, y con el cartel de ‘Todo vendido’ en taquilla nos disponemos a presenciarlo.

El prólogo, ya saben, la parte más llevadera porque en dos horas veinte sin pausa lo has degustado, ha sido excelente. La puesta en escena lleva el nombre de Verena Stoiber con cada vez mayor presencia en los escenarios desde que en 2014 ganara un Concurso de Dirección de Escena, el Ring Award, y que ha sido asistente de Calixto Bieito y Joshi Wieler en Stuttgart. Varios elementos son notorios en su propuesta: las diferencias sociales entre los elegantes y adinerados dioses, con un Froh y Donner que vienen de jugar unos hoyos en el campo de golf cercano, y el detritus social del que se compone el Nibelheim, con explotación de obreros-niños y prostíbulos de lujo; de igual manera, la escena inicial del robo del oro por parte de Alberich nos remite a una naturaleza primigenia donde tanto las ninfas del Rin aparecen desnudas como el propio Alberich, peludo y con un falo erecto que provocó ciertas risitas en las butacas de mis alrededores, tienen algo de simiesco. También sugerente es la visión del Walhalla, un muro de hormigón entregado por los gigantes a esos dioses que aún quieren aislarse más del resto, y que justamente cuando regresan Wotan y Loge de recuperar el oro del Rin para entregárselo en pago a Fafner y Fasolt aparece ya deteriorado, lleno de grafittis y pintadas juveniles donde, entre otras, se escribe que “Los pactos hay que cumplirlos” y otras alusiones al desarrollo dramatúrgico de este prólogo.

El nivel de los cantantes es sorprendentemente alto, destacando el Wotan del húngaro Krisztián Cser, el Loge pícaro y taimado de Bernhard Berchtold, y la Erda de Bernadett Fodor. Algo más irregular fue Jukka Rasilainen como Alberich, el cual, si bien realizó una primera escena magnífica con las ninfas, en la escena del Nibelheim perdió grano y profundidad su voz.

La orquesta, en perfecto balance con el escenario, es sólida y conoce bien la obra. Guillermo García Calvo la condujo añadiendo un plus de cantabilidad a la obra, respirando con los cantantes en todo momento y con una transparente ejecución de la que surgían con naturalidad los leitmotiv. El momento transcendental de la noche fue la aparición de Erda, con un acompañamiento de la cuerda en un color supraterrenal.

Die Walküre es la ópera de la tetralogía que probablemente sea las más indicada para los no iniciados por su trama y su fácil escucha. La propuesta de Monique Wagemakers, con un escenario único giratorio constituido por una nave de aspecto gótico con arcos ojivales, explica con claridad la acción escénica, aunque nos escamotea dos elementos cruciales a la trama como son la espada Notung, que en ningún momento aparece ni clavada en el fresno ni en la lucha donde muere Siegmund y se hace añicos, y el fuego mágico que rodea a Brünnhilde, situación resuelta de manera confusa y que provocó cierto desasosiego entre el respetable. También es cierto que aportó algunos detalles novedosos como la pareja de niños que aparece durante la tormenta, trasunto de los gemelos Welsungos, que engarza con el niño que aparece al final tras exponer la orquesta el tema de Siegfried y que rápido se identifica con este personaje, nieto de Wotan. Interesante también la iluminación de Mathias Klemm, a veces lateral de tonos  anaranjados y que lograba puntuar cambios de estados anímicos, y el vestuario primitivo pero estilizado de Erika Landertinger.

Excelentes de todo punto las voces, equiparables a las de cualquier gran teatro de la primera división: el Siegmund del ruso Viktor Antipenko es de primerísimo nivel, y sigan su desarrollo porque pronto dará el salto al Metropolitan neoyorquino con este papel; voz heroica, equilibrada y timbrada en todos los registros, y con un verdadero squillo que en la tarde presente se encontró cómodo y nos regaló dos “Wälse!” de casi veintitantos segundos, a la antigua usanza. Su hermana Sieglinde, Astrid Kessler, tiene una voz que llena el teatro sin aparente esfuerzo y con una pureza de emisión inusual. El Wotan del griego Aris Argiris tiene la nobleza en la emisión que esperamos en este personaje y ese color granítico. Aun así quizá la sorpresa de la noche fue la Brünnhilde de Stéphanie Müther, una gran voz capaz de cantar con un legato muy expresivo y con un dominio técnico de la mezzavoce extraordinario, de manera que cada frase suya fue cincelada con una gran emotividad. Magnus Piontek como Hunding, tras el Fasolt del prólogo, tiene ese color de bajo profundo y la rotundidad en la emisión adecuados al personaje. Y la Fricka de Anne Schuldt no desmejora en absoluto al conjunto.

Guillermo García Calvo fue eficaz en su desempeño, estando pendiente siempre de las necesidades de los cantantes con una dirección flexible. Un rasgo de esta versión suya es la muy buena planificación de los crescendos en las secuencias ascendentes que se repiten, con una orquesta dúctil que le acompaña con prontitud. El final del acto segundo, desde la aparición en escena de los hermanos perseguidos hasta la muerte de Hunding fue de una emoción e intensidad extraordinarias, al igual que la despedida de Wotan con una orquesta cantando como si de un Bellini se tratara.

La puesta en escena de la segunda jornada, Siegfried, correspondió de nuevo a una mujer, Sabine Hartmannschen, y es la menos lograda de las cuatro diferentes direcciones escénicas. Se sitúa toda la acción en lo profundo de un bosque del que solo vemos sus troncos y donde la luz apenas penetra, escenario que cambia justo para la escena final del tercer acto en la que Siegfried despierta de su sueño a la ya humana Brünnhilde. Un par de detalles predispusieron al público en su contra: antes de empezar el primer acto, una Sieglinde abandonada es asesinada por Mime que con un cuchillo arranca a Siegfried de su vientre, oyéndose al final el llanto del bebé que nace; y al comienzo del segundo, aquí ya encima de la música, Alberich viola a una joven en presencia de un muchacho, presuponemos un Hagen adolescente, que en otros momentos de la ópera aparecerá también, como al final del dúo de amor de Siegfried y Brünnhilde, detalle este último interesante para concatenar esta ópera con la siguiente. Algún otro elemento también chirría como que Siegfried aparezca en el último acto sin anillo y espada, y rompa la lanza de Wotan con un golpe de estilo karateka.

El elenco vocal funcionó a gran nivel, y en el caso de Siegfried, el búlgaro Martin Iliev que debutaba el papel en este teatro llegó entero a la conclusión después de casi cinco horas de continuo canto y presencia escénica. Con una voz a la que le falta un poco de proyección en algunos momentos, estuvo bastante reservón en los dos primeros actos, para entregarse a fondo en el último. Mime, Arnold Bezuyen, un habitual de Bayreuth que también lo cantó en El Oro del Rin, tiene una voz sólida a la que es capaz de dotar de la malevolencia de su personaje, y como actor es creíble en su ambivalencia frente a Siegfried, amor falso-temor.

El enfrentamiento de Der Wanderer y Alberich fue uno de los mejores momentos de la noche. Aquí nos encontramos con el tercer Wotan del ciclo, Ralf Lukas, bien conocido en Madrid y asiduo de grandes teatros, y en buen estado vocal, con una voz bien timbrada y rotunda que brilló en el espectacular comienzo del tercer acto, uno de los momentos orquestales cumbre de todo el Anillo. De nuevo Alberich fue Jukka Rasilainen, ahora sí en plenitud y sin los problemas de color que presentó al final de El Oro; en este duo con Wotan ofreció toda una lección de como recibir las frases del compañero de escena para realzar la dramaturgia. La Erda de Simone Schröder no fue quizá tan redonda como la de Bernadett Fodor en el Oro, pero no tuvo punto débil. Guibee Yang como Pájaro del Bosque sorteó con frescura su papel con nitidez - ¿Por qué es asesinado Der Waldvogel por Alberich en el tercer? De nuevo un acto de violencia gratuito- . Y todo ascendió varios enteros cuando Stéphanie Müther despertó como Brünnhilde, regalándonos unos treinta minutos finales espléndidos. Ahora mismo posee todas las virtudes del cantante perfecto wagneriano: emisión igualada en todos los registros, proyección certera, voz amplia y redonda, afinación segura y añade un control del fiato que le permite cantar pianos exquisitos y atacar la primera nota de cada frase sin trampolín. Y sobre todo lo que es más importante para los amantes de la ópera, emociona con su canto.

La orquesta Robert-Schumann-Philharmonie mostró de nuevo su alto nivel, con una sección de cuerda de un sonido aterciopelado que fue una delicia. Guillermo García Calvo tuvo que emplearse a fondo para concertar con el escenario, y ofreció un tercer acto portentoso, con momentos espectaculares como esa larga frase de violines solos que está en la transición antes de la última escena del tercer acto, frase que se eleva a la región aguda y que fue cincelada con belleza.

La última jornada, Ocaso de los Dioses, ha sido la más original e interesante de las cuatro producciones. A cargo de Elisabeth Stöppler, sitúa la acción en la alta montaña, un paisaje alpino desolador en el que hay un hotel donde se alojan los Gibichungos, aristócratas hastiados e indolentes, y Hagen, director del hotel. La escena inicial de las Nornas sucede en una zona donde ni siquiera hay vegetación, sino solo una especie de glaciar. Consecuentemente no habrá caballo, sino trineo, y Waltraute iré a ver a su hermana Brünnhilde aterrizando con un paracaídas, y la escena final del primer acto, aquella en que Siegfried se hace pasar por Gutrun para poseer a la valquiria, permite la confusión de identidades al ir ambos con forros polares, gafas de esquí de alta montaña y cabeza cubierta. La poesía visual de la escena de la inmolación final y la destrucción del Walhalla con la nieve copiosa que cayó sobre Brünnhilde durante esos cinco minutos, fue el cierre consecuente de lo visto anteriormente. Otra buena idea, especialmente tierna, fue el lavado del cuerpo muerto de Siegfried por Brünnhilde durante la marcha fúnebre.

Vocalmente tuvo algunas irregularidades, sobre todo en la sección masculina del elenco. Martin Iliev repetía como Siegfried, e independientemente del despiste en los textos en la escena de la remembranza antes de expirar, su mayor dificultad es la ausencia de legato en su canto, transformando cada intervención en un inmisericorde martillete, y tampoco le ayudó mucho su baile continuo de pies en los movimientos escénicos que le otorgaban un carácter de indeciso y atolondrado que difícilmente nos haría creer que alguien como Brünnhilde se fijara en él. Hagen, bien actuado por Marius Bolos con un toque sobrio y maquiavélico, al cual, en otra faceta, se le vio indefenso y atormentado en la escena con su padre Alberich -idea original y que perfila muy bien su carácter- , tuvo algún problema tras la llamada a las armas a los gibichungos al comienzo del acto dos, y felizmente algo más de voz pudo conseguir para el acto tercero. El Alberich de Rasilainen estuvo imponente en su breve escena de unos diez minutos, tanto de voz como actoralmente. Por el contrario, el sector femenino estuvo soberbio sin fisuras. Muy bien Cornelia Ptassek como Gutrune, para nada una mujer frívola, sino con un carácter fuerte que provocará que dispare a bocajarro a Hagen y lo mate al descubrir el engaño a Siegfried con el brebaje del olvido del que fue partícipe. Dos escenas quedarán para el recuerdo: el diálogo entre Brünnhilde y Waltraute, con una sensacional Anne Schuldt que había interpretado en las otras jornadas Fricka, y la escena final con, de nuevo, Stéphanie Müther llenando con su presencia todo el teatro, con voz fresca hasta el último momento y con cada frase bien coloreada. Solamente por escucharla ha merecido la pena esta Tetralogía.

La orquesta Robert-Schumann-Philharmonie siguió en el mismo estado de gracia que en las tres tardes anteriores, con un infalible Guillermo García Calvo con una gestualidad que es siempre una invitación a los músicos a formar parte del festín. El cuidado en las voces, la progresión dramática bien conseguida, los mil matices en la flexibilidad de los tempi.... todo contribuyó a hacer de esta jornada, y de toda la Tetralogía, la primera que este director ha dirigido como ciclo sin pausas, un acontecimiento único.

Despidámonos de esta travesía con la certera y bella imagen final: una reunión de mujeres supervivientes a un mundo cruel y despiadado entre las que están Brünnhilde, que no ha tenido valor para inmolarse con su amado Siegfried, su madre Erda, a la que le tocara reconstruir el paisaje ruinoso y desolado que nos han dejado los hombres, junto a su otra hermana Waltraute, las hijas del Rin y las tres Nornas, todos personajes femeninos, mientras que de los masculinos, dominados por la obsesión del poder y la guerra, traidores a sí mismos y a la Naturaleza, solamente Alberich, lobo solitario desde ahora, aúlla su desesperación.

Jerónimo Marín *

Krisztián Cser, Wotan. Andreas Beinhauer, Donner. James Edgar Knight, Froh. Bernhard Berchtold,  Loge. Ante Schuldt, Fricka. Francisca Krötenheerdt, Freia. Bernadett Fodor, Erda. Jukka Rasilainen, Alberich. Reto Rosin, Mime. Magnus Piontek, Fasolt. James Moellenhoff, Fafner. Guibee Yang, Woglinde. Sylvia Rena Ziegler, Wellgunde. Sophia Maeno, Flosshilde.
Dirección de escena, Verena Stoiber.

Robert-Schumann-Philharmonie / Guillermo García Calvo. 
Das Rheingold
, de R. Wagner.
Die Theater Chemnitz. 18-04-19 

Victor Antipenko, Siegmund. Magnus Piontek, Hunding. Aris Argiris, Wotan. Astrid Kessler, Sieglinde. Stéphanie Müther, Brünnhilde. Anne Schuldt, Fricka.
Dirección de escena, Monique Wagemakers.
Robert-Schumann-Philharmonie / Guillermo García Calvo.

Die Walküre, de R. Wagner.
Die Theaterplatz Chemnitz. 19-04-19 

Siegfried, Martin Iliev. Mime, Arnold Bezuyen. Der Wanderer, Ralf Lukas. Alberich, Jukka Sasilainen. Fafner, Magnus Piontek. Erda, Simone Schröder. Brünnhilde, Stéphanie Müther. Der Waldwogel, Guibee Yang.
Dirección de escena, Sabine Hartmannshenn.
Robert-Schumann-Philharmonie / Guillermo García Calvo.

Siegfried, de R. Wagner.
Die Theaterplatz Chemnitz. 20-04-19. 

Martin Iliev, Siegfried. Pierre-Yves Pruvot, Gunther. Jukka Rasilainen, Alberich. Marius Bolos, Hagen. Stéphanie Müther, Brünnhilde. Cornelia Ptassek, Gutrune/3. Norn. Anne Schuldt, Waltraute. Anja Schlosser, 1.Norn. Sylvia Rena Ziegler, 2. Norn / Wellgunde. Guibee Yang, Woglinde. Sophia Maeno, Flosshilde. Coro de la Ópera de Chemnitz.
Dirección de escena, Elisabeth Stöppler.
Robert-Schumann-Philharmonie / Guillermo García Calvo.

Götterdämmerung, de R. Wagner.
Die Theater Chemnitz. 22-04-19.

* El lector podrá encontrar en RITMO de mayo, número 929, una crítica reducida de este Anillo en Chemnitz, firmada igualmente por Jerónimo Marín.

https://www.theater-chemnitz.de/

Foto: “La poesía visual de la escena de la inmolación final y la destrucción del Walhalla con la nieve copiosa que cayó sobre Brünnhilde -Stéphanie Müther- durante esos cinco minutos, fue sobrecogedora”.
Foto de © Nasser Hashemi

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