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Crítica - Entre danzas húngaras y eslavas

A Coruña - 03/02/2020

Pierre-Laurent Aimard, se anunciaba como solista del Concierto para piano y orquesta nº 2, en Sol M. Sz. 95, de Béla Bartok, pero un problema de salud, obligó a cancelar el programa previsto, por lo que para ajustar la sesión, Dvorak y Brahms ayudaron a delimitar esta sesión de ideario eslavo.  Un reparto entre un par de las Danzas eslavas de Antonin Dvorak,  dos del Op. 72 y de Johannes Brahms, un par de las Danzas húngaras, en concreto la primera y la tercera. Las Ungarische Tänze, para el autor, no habrá dudas en un tratamiento ciertamente libre y  a su criterio, de las tradicionales csardás, de las que tantos de sus contemporáneos dejarán ejemplos más fidedignos en su atención al espíritu de la tradición más ortodoxa. Hablaremos, en lo posible, de personales zingarismos que mantendrá vigencia en creadores como los que se ofrecen en esta sesión. Quedan a la par posibles connotaciones que sobrevuelan sobre el sentido tan social como artístico, en lo que se refiere a ambos compositores. Zingarismos en Brahms y difusos eslavismos en Dvorak, a través de un hilo que les engarza, para piezas especialmente atractivas, a las que Josep Pons, supo dotar de la ostensible idiosincrasia.       

El Concierto para orquesta Sz. 116,  es obra producto del encargo de la Boston Symphony O., cuyo estrenó realizará Serge Koussevitzky, en un compromiso debido a Joseph Szigeti, violinista también emigrado a los Estados Unidos, quien plenamente consciente de la situación personal de Bartok, veló a través de la Fundación Koussevitzky, para que fuese posible la realidad. A comienzos de los cuarenta, había probado el beneficio del apoyo del editor Ralph Hawkes, quien pensaba en la posibilidad de una suite de una suite de danzas. Para Bartok, la propia idea de piezas de bailes y sinfonía concertante, estuvo presente en su imaginación y eso podrá indicarlo el planteamiento y la disposición de la obra, terminada en el espacio de un par de meses. En la lectura, dispusimos de momentos en plenitud de su idiomatismo: el Giuoco delle coppie. Allegro scherzando, por el guiño burlón remarcado por los detalles, o la Elegia. Andante non troppo, que se recreaba un aire de penumbra meditada, para abocarse hacia los dos movimientos que entrelazan las intenciones de lo paródico y las recurrencias a obras precedentes, en una orquestación plena de argumentos.  

Kodaly con las Danzas de Galanta, un paso adelante después de las Danzas de Marosseck. Galanta nos traslada a los años de juventud del compositor y cuya memoria está impregnada de las típicas orquestinas zíngaras, de las que se conservaron antologías dispersas en publicaciones erráticas, de las que supo aprovecharse el autor de Hary Janos, una ópera testimonial, de la que extraerá una suite modélica. En lo musical, los elementos tradicionales tomados de los verbunkos. Cinco danzas que dan materia para otra forma de folklore imaginario, ajeno en lo posible a otros zingarismos, pero un buen punto de enlace, sin optar por un espíritu naif claudicante. Con suerte, fueron las piezas de transición entre las danzas de encabezado y el Concierto para orquesta Sz. 116, de Bartok para dejar alto el reconocimiento a Josep Pons, por el programa planteado.

Ramón García Balado

Orquesta Sinfónica de Galicia / Josep Pons.
Obras de A. Dvorak, J.Brahms, Z.Kodaly Y Béla Bartok.
Palacio de la Ópera, A Coruña.

Foto: Josep Pons, durante los ensayos.

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