No cabe la menor duda de que los asistentes a este concierto participamos en un acto musical que nos llegó al corazón, al espíritu y más allá. Desde el primer instante se palpó en el aire que quienes allí estábamos éramos testigos de un acontecimiento artístico e histórico de gran magnitud. El apabullante éxito de la convocatoria, con la sala totalmente llena, así como los numerosos aplausos que siguieron a cada pieza y, finalmente, la apoteósica ovación, con toda la sala puesta en pie, no hicieron sino confirmar la extraordinaria recepción del evento.
La presencia en el Palau de la Música de València de la Orquesta del Festival de Bayreuth, con motivo del 150.º aniversario de la inauguración del Festival creado por Richard Wagner, constituye uno de los mejores conciertos de esta temporada del Palau y, probablemente, uno de los más destacados desde que existe esta institución. Es obvio que ello se debe tanto a la importancia de Wagner en la historia de la música mundial como a la excepcional interpretación, fruto de la excelente dirección de Pablo Heras-Casado y de las voces de Catherine Foster (soprano), Klaus Florian Vogt (tenor) y Nicholas Brownlee (bajo-barítono).
Desde su misma existencia, Wagner ha fascinado y provocado rechazo de manera única y sin parangón en la historia de la música. Se dice que, después de Jesucristo y Napoleón, Wagner ha sido uno de los personajes que más reflexiones y escritos de todo tipo ha suscitado. Su influencia desbordó muy pronto el ámbito estrictamente musical y alcanzó decisivamente a las artes visuales, la literatura, la filosofía y, posteriormente, el cine. Sobre la influencia de Wagner en este último, véase Wagner y el cine. De las películas mudas a la saga de Star Wars (Fórcola Ediciones). Desde la pintura, artistas tan destacados y variados se han inspirado en Wagner como Henri Fantin-Latour, Odilon Redon, Paul Cézanne, Pierre-Auguste Renoir, Aubrey Beardsley, Arthur Rackham, Edward Robert Hughes, Jean Delville, Pinckney Marcius-Simons, Georges-Antoine Rochegrosse… Pero no solo las imágenes han sido objeto de culto para el wagnerianismo, sino también la palabra (desde la poesía hasta la filosofía) con nombres como Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, Paul Valéry, Marcel Proust, Thomas Mann, Nietzsche, Theodor W. Adorno, Alain Badiou, Slavoj Žižek… Y, naturalmente, también a la música, donde su influencia resulta todavía más evidente y alcanza a compositores que lo admiraron, lo rechazaron o ambas cosas a la vez, como Anton Bruckner, Hugo Wolf, César Franck, Ernest Chausson, Jules Massenet, Gustav Mahler, Richard Strauss, Alexander von Zemlinsky, Hans Pfitzner, Engelbert Humperdinck, Alexander Scriabin, Claude Debussy, Erik Satie, Ferruccio Busoni, Richard Strauss, Arnold Schönberg, Alban Berg, Erich Wolfgang Korngold, Franz Schreker, y un largo etcétera.
Es evidente que esta desbordante influencia de Wagner en múltiples sectores de las artes y las letras (y también en la política, como más tarde veremos) ha provocado que su figura y su legado, con el Festival de Bayreuth a la cabeza, estén rodeados de un aura que difícilmente puede eludirse cuando se asiste a un acto en el que el Maestro es protagonista. El domingo 6 de septiembre, en València, se llevó a cabo uno de estos acontecimientos, que además adquirió una forma bastante especial. Presentar una ópera en formato de concierto y ofrecer unos 90 minutos de música, extraídos de una obra que ronda las quince horas de duración, podría sorprender e incluso defraudar. No fue el caso de quien escribe estas líneas (y creo que tampoco de buena parte del auditorio), aunque es obvio que el concierto debe entenderse desde su particular contexto.
Merece un gran elogio la inteligencia de las partes seleccionadas, que abarcaron desde interludios orquestales y solos de voz hasta dúos, fragmentos recitados y otros de carácter más melódico, aportando una gran variedad y potencia al drama (concepto que Wagner prefería frente al de ópera). Todas las obras se basaron en El anillo del nibelungo, comenzando por la primera parte de la tetralogía, El oro del Rin, con la entrada de los dioses al Valhalla, «Abendlich strahlt der Sonne Auge» («Al atardecer brilla el ojo del sol»), que destacó por la brillantez y espacialidad de los metales. Una excelente manera de inaugurar la velada, como si fuese una grandiosa fanfarria. Le siguió una breve aria de Sigmund, procedente de La Valquiria, «Ein Schwert verhieß mir der Vater» («El padre me prometió una espada»), donde destacó la potencia de la voz del bajo-barítono Nicholas Brownlee, que proyectó magníficamente en toda la sala. Cerró esta ópera la despedida de Wotan, «Leb wohl, du kühnes, herrliches Kind!» («¡Adiós, intrépida, maravillosa niña!»), con una duración de aproximadamente un cuarto de hora, dotando a este fragmento de un sentido musical y una fuerza dramática que acercaron al público al espíritu del drama wagneriano, y no simplemente a un bello fragmento musical.
A continuación, saltamos a Siegfried, escuchando en esta parte del concierto el bello interludio orquestal El murmullo del bosque, donde el protagonista de la ópera escucha el canto de los pájaros como si estos le hablaran en su propia lengua, convertido así en una suerte de “nuevo” san Francisco de Asís. Una imagen que nos recuerda inevitablemente a Franz Liszt, suegro de Wagner y una de las figuras que más apoyo y estímulo le ofrecieron, quien realizó de forma magistral una escena semejante en su pieza San Francisco de Asís predicando a los pájaros. Finalizó esta primera parte del concierto, antes de la pausa, un dramático dúo de Brunilda y Sigfrido: «Ewig war ich...» («Eterna fui...»).
La velada concluyó con una segunda parte, más breve que la anterior, dedicada íntegramente a la última ópera de la tetralogía, El ocaso de los dioses. Un título al que se refiere explícitamente la maravillosa película de Luchino Visconti, La caduta degli dei. Esta segunda parte del concierto estuvo formada por cuatro fragmentos. Comenzó con una sección puramente instrumental, Amanecer y viaje de Sigfrido por el Rin, que funcionó como una suerte de obertura. A continuación, se interpretó La muerte de Sigfrido. Aria de Sigfrido, «Brünnhilde, heilige Braut!» («¡Brunilda, esposa sagrada!»»), que dio paso a la apabullante e inmensa Marcha fúnebre. Se trata de una célebre página instrumental que ha sido interpretada en numerosos contextos, entre ellos el funeral del genocida y jerarca de las SS Reinhard Heydrich. Luego de esta pieza instrumental, concluyó pertinentemente el concierto con la Escena final. Aria de Brunilda «Starke Scheite schichtet mir dort...» («Apilad para mí fuertes leños...»), el fragmento más largo del concierto. Tras esta última pieza, un grandísimo aplauso sacudió la sala e hizo levantarse al público de sus asientos. La orquesta y su director, visiblemente emocionados, ofrecieron un bis de lo más acertado: La cabalgata de las valquirias.
Hemos de destacar la inteligencia con la que se organizó el concierto, que ofreció un buen resumen de toda la tetralogía, casi como una «mini-ópera» dentro de ella. Estas partes que guardan una gran distancia entre sí, curiosamente sonaron bastante unificadas, gracias a los constantes leitmotivs que se escuchaban repetidamente. Una técnica compositiva que Wagner desarrolló y sistematizó para establecer complejas relaciones y redes de significado entre las distintas partes de sus dramas musicales. La bellísima música del Dichterkomponist (poeta-compositor) nos mostró su absoluto dominio del sonido, algo de lo que no puede decirse lo mismo de su libreto, leído gracias a los subtítulos. Retóricas frases, personajes llenos de clichés, grandilocuentes metáforas y un texto relamido podían leerse también al mismo tiempo que sonaba la música. Como acertadamente escribió Pedro González Mira (quien fue redactor jefe de esta revista) en su excelente libro Los músicos de Hitler: «Wagner, un músico crucial; un poeta mediocre» (p. 17).
No hay otro compositor que haya generado una escuela o corriente “ideológica” comparable a la de Wagner. Por eso es habitual hablar de “wagnerismo”, mientras que difícilmente escucharemos hablar de “mozartismo” o “brahmsismo”. El “arte narcótico” de Wagner no es una hipérbole ni una exageración, sino una realidad. «Desde Nietzsche —primer revelador crítico— en adelante, la personalidad de Wagner como “mago” y la consideración de su música como “hechizo” son constantes a través de la literatura, el pensamiento y la filosofía» (p. 58), escribe Eduardo Pérez Maseda en su imprescindible libro El Wagner de las ideologías / Nietzsche-Wagner.
Sería superficial y falso que un texto sobre Wagner no señalara también su lado más oscuro y siniestro, desgraciadamente muy influyente. Un día como el 6 de septiembre de 2026, mientras en València la Orquesta del Festival de Bayreuth ofrecía un concierto extraordinario, brindando al público una experiencia excepcional, en la patria alemana de Wagner se celebraban unas elecciones históricas en Sajonia-Anhalt. Al final de la noche, y casi coincidiendo con el final del concierto, el partido ultraderechista AfD había arrasado en las urnas, obteniendo un resultado sin precedentes y abriendo la posibilidad de que, por primera vez desde la derrota del nazismo, la extrema derecha pueda llegar a gobernar un Land alemán.
La AfD (algunos de cuyos miembros se inspiran abiertamente en el nacionalsocialismo) reivindica actualmente un arte alemán y tradicional frente a lo que considera un arte “no alemán”, globalista y woke, llegando incluso a cuestionar la financiación pública de la Bauhaus de Dessau, institución que el régimen nazi persiguió y terminó clausurando en 1933, año en que llegó al poder. La antigua y absurda retórica de la conspiración judeo-bolchevique-masónica-internacional parece resurgir bajo nuevas palabras y con nuevos chivos expiatorios. Ayer, los judíos, los Sinti y Roma, los homosexuales o los comunistas; hoy, los migrantes, los refugiados, las personas LGTBIQ+ y, de manera especialmente intensa, los musulmanes y el islam, convertidos en objeto de fuerte hostilidad por parte de la AfD y de otros sectores de la extrema derecha europea. En todo este discurso ultranacionalista y ultraconservador también se reivindica, como no podía ser de otra manera, la figura de Wagner: un compositor convertido de nuevo en símbolo de una determinada idea de Alemania y de su identidad cultural. Son ecos inquietantes de antiguas concepciones reaccionarias y excluyentes que, llevadas a su extremo, alimentaron las grandes construcciones ideológicas del nazi-fascismo. Este siempre ha despreciado el pensamiento crítico y la modernidad, y ha hecho de la batalla cultural un instrumento de combate político. Conviene recordar, en este sentido, la célebre frase «cuando oigo la palabra cultura, saco el revólver», atribuida habitualmente a Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda del III Reich.
El oscuro legado “ideológico-filosófico” de Wagner, quien, más allá de sus partituras, legó una numerosísima bibliografía sobre múltiples temas (del antisemitismo al vegetarianismo), parece estar cobrando fuerza en estos tiempos. El compositor favorito de Adolf Hitler, quien llegó a considerar su obra como un antecedente del nacionalsocialismo, ha dejado inevitablemente sobre su música una sombra difícil de ignorar. Pero quizá el verdadero desafío consista precisamente en separar, sin olvidar, al compositor de sus ideas; escuchar a Wagner sin convertirlo en un profeta, un filósofo o un ideólogo. Su pensamiento puede y debe ser estudiado, criticado y contextualizado, pero no tiene por qué convertirse en la llave que cierre el acceso a su excelente música. Porque, si algo quedó demostrado aquella noche en València, es que, cuando las partituras hablan por sí mismas, Wagner sigue siendo capaz de levantar una arquitectura sonora de una fuerza, una belleza y una capacidad de conmoción difícilmente comparables. Ojalá podamos seguir escuchando a Wagner así: con conocimiento de sus sombras, pero sin quedar sometidos a ellas. Que Bayreuth y sus intérpretes sigan trayéndonos su música para que podamos juzgarla, disfrutarla y discutirla desde el presente, sin convertirla ni en un altar ni en un tabú. Porque quizá la mejor manera de enfrentarse al lado más oscuro de Wagner no sea dejar de escuchar su música, sino escucharla más, mejor y con mayor espíritu crítico. Y que, por encima de sus escritos, de sus contradicciones y de las terribles apropiaciones que su obra sufrió después de su muerte, vuelva a quedar aquello que finalmente permanece: la música.
Joan Gómez Alemany
Palau de la Música de València, 6 de septiembre de 2026
Orquesta del Festival de Bayreuth / Pablo Heras-Casado, director
Richard Wagner – El anillo del nibelungo
Selección de fragmentos de El oro del Rin, La Valquiria, Siegfried y El ocaso de los dioses
Catherine Foster, soprano / Klaus Florian Vogt, tenor / Nicholas Brownlee, bajo-barítono
Foto © Live Music Valencia