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Crítica / ¡Todo tiene arreglo! - por Luis Mazorra Incera

Madrid - 23/05/2023

Un ameno concierto pleno de arreglos al órgano, propios o ajenos, con una amplia improvisación final, acometió David Briggs frente al órgano de la sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música en el ciclo Bach Vermut auspiciado por el Centro Nacional de Difusión Musical.

Preludio y fuga "The spitfire" (arr. T. Winpenny) de William Walton fue su eficaz despegue. Un preludio flemático y majestuoso dio paso al vuelo de una fuga encorajinada, con leve descanso. El proverbial ajuste de registración sobre la marcha demostró, ya de inicio, el savoir-faire de este consagrado intérprete.

La elección subsiguiente del popular Claro de luna de Claude Debussy para piano, en versión de órgano, no necesita más comentarios (arr. A. Cellier). Un descanso oportuno de aquellas ínfulas, donde el empleo del pedal dinámico y la sección y teclado del órgano correspondientes, fueron esenciales para lograr el efecto expresivo necesario, con un ajustado final para este díficil sentido que supone siempre un arreglo de instrumentos tan distantes por características (y clasificación misma) como son el piano y el órgano (pese a lo que pueda parecerle a alguno).

Pero fue ya la Quinta danza húngara de Johannes Brahms en virtuoso, aparente y algo atrevido arreglo propio (propio de Briggs, quiero decir), la que apuntaló esta querencia popular, del repertorio escogido.

El Minué de los fuegos fatuos, de La condenacion del Fausto (de nuevo en arreglo-Briggs) de Hector Berlioz permitió una amplia y lúdica paleta timbrica al servicio de la fulgurante genialidad impulsiva de una personalidad musical única: Berlioz.

Con la Muerte de amor del Tristán e Isolda (arr. R. Goss-Custard) de Richard Wagner volvía el repertorio más transitado… a lomos de otro gigante de la composición romántica. Además, con una de sus piezas más grabadas en "separata" y que, también, menos esperas en este tipo de arreglos.

Un tour de force, sin duda, para el propio arreglista y, de resultas, para el intérprete que trata de reflejar, con evidente mérito, todos aquellos vaivenes dinámicos de la plasticidad de la orquesta wagneriana (¡nada menos!) con los limitados recursos del órgano en este sentido, el instrumento-orquesta del romanticismo… Unos vaivenes que confluyeron, aquí, en un poderoso punto culminante que pareció justificar todo aquel laborioso proceso: "¡Todo tiene arreglo!".

El vals (arr.: E. M. Fagiani) de Maurice Ravel que se seguía, fue otra apuesta de técnicas de arreglo e interpretación al instrumento. Con dificultades equiparables en la adaptación unidas a un espectacular virtuosismo de ejecución, con gestos escalisticos al teclado endiablados en ambas manos, y ¡cómo no!, incluido un vistoso y vertiginoso donde los haya, (doble) pedal paralelo, en escala y cromático con ambos pies… el final en su entrada ostinato... Todo un lujo técnico sin parangón…: ¡chapeau!

Para terminar, como dije, una extensa improvisación transitando por un vergel de disposiciones y texturas tímbricas en un verdadero alarde por parte de David Briggs, y levantada con nuestra Marcha real a vueltas en modo fantasía-variación, cerró por todo lo alto, esta brillante actuación en clima de matinée sabatina.

Por cierto, ya que estamos, como curiosidad, no es el primero en enfrentar variaciones sobre nuestro Himno Nacional. Se le adelantó Mili Balakirev… y hace tiempo… mucho, mucho tiempo… una Obertura y para orquesta, además. Pero esto es otra historia…

¡Ah! ¿y qué fue del Bach titular? Pues Bach llegó también hoy… de propina...

Luis Mazorra Incera

 

David Briggs, órgano.

Obras de Bach, Berlioz, Brahms, Briggs, Debussy, Ravel, Wagner y Walton.

CNDM / BACH VERMUT. Auditorio Nacional de Música. Madrid.

 

Foto © Elvira Megías

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