Uno muchas veces no sabe si la vida es cuestión de suerte o si son la suerte y el azar los que determinan nuestro camino. En el caso de Mercedes Sánchez del Río, parece que la música quiso encontrarla desde el principio.
Mercedes nació en el número 79 de la madrileña calle Atocha, en una familia de grandes melómanos y a escasos metros del Teatro Monumental, sede de los conciertos de la entonces Orquesta Nacional. La música formó parte de su vida desde muy joven, aunque su camino hasta convertirse en agente musical no fue directo.
Con poco más de dieciocho años marchó a Londres para estudiar enfermería en el Charing Cross Hospital. Allí adquirió un perfecto dominio del inglés y, probablemente, algunas de las cualidades que después definirían su carácter: responsabilidad, disciplina y una enorme capacidad de trabajo.
A su regreso a Madrid estudió canto con Fernando Navarrete en el Real Conservatorio Superior de Música. Como estudiante, era asidua a los conciertos del Teatro Real y aprovechaba cualquier ocasión para acercarse a los intérpretes y pedirles autógrafos. Así conoció, entre otros, al pianista Gonzalo Soriano y a Victoria de los Ángeles.
Fue Gonzalo Soriano quien la puso en contacto con Felicitas Keller, una de las grandes agentes de música clásica de la España del siglo XX. En 1974 Mercedes comenzó a trabajar con ella. Allí permaneció hasta 1993, cuando inició su carrera como agente independiente.
Durante aquellos años no se limitó a organizar conciertos. Acompañaba a los artistas durante sus giras, viajaba con ellos, los recibía en los aeropuertos, estaba en los camerinos y compartía sus cenas. Así fue construyendo una relación de confianza con algunos de los grandes nombres de la música de su tiempo.
Mercedes tenía, además, una memoria prodigiosa y un extraordinario don para contar historias. En las reuniones con amigos melómanos podía pasar horas recordando anécdotas de aquellos artistas. Y muchas de ellas, más que hablar de las estrellas, hablaban de la propia Mercedes: de su carácter, su generosidad y su capacidad para resolver cualquier problema.
Una de las relaciones profesionales más importantes de su carrera fue la que mantuvo con Teresa Berganza, de quien llegó a ser secretaria personal durante más de once años. Mercedes la admiraba profundamente y recordaba con especial emoción su presencia escénica: «Ninguna salía a escena como Teresa».
Pero quizá una pequeña historia con Alicia de Larrocha sea la que mejor resume cómo era Mercedes.
En febrero de 1984, Alicia actuó en el Teatro Real junto a la Orquesta de RTVE. Como los artistas disponían de muy poco tiempo para estudiar en las grandes salas, Mercedes le ofreció su casa y su piano para que pudiera preparar el concierto.
Cuando Mercedes regresó de hacer unas gestiones, encontró sobre el piano las gafas de Alicia. Sabía que la pianista viajaba al día siguiente a Nueva York y, sin pensárselo dos veces, tomó un taxi y comenzó a recorrer los principales hoteles de Madrid hasta encontrarla y devolverle las gafas.
A su regreso de Nueva York, Alicia le regaló una bufanda y le dejó un autógrafo que todavía hoy conserva en su casa:
«Para Mercedes, paño de lágrimas de músicos y ángel salvador de muchos apuros. Con todo cariño, Alicia de Larrocha. 1984».
Difícilmente podría encontrarse una definición mejor.
Algo parecido ocurrió con Luciano Pavarotti, a quien Mercedes conoció en Nueva York. Ella misma contaba que trabajar con él había sido una de las mejores experiencias de su vida. Mercedes consiguió su concierto en el Auditorio Nacional de Madrid en 1991 y durante los cuatro días que el tenor permaneció en Madrid estuvo prácticamente siempre a su lado. Lo recibió a su llegada, lo acompañó durante su estancia y cada noche salían a cenar al restaurante Moaña, uno de los lugares que Pavarotti disfrutaba especialmente.
Alicia de Larrocha, Teresa Berganza, Luciano Pavarotti y tantos otros fueron grandes nombres de la música. Pero las historias que Mercedes contaba sobre ellos no sucedían únicamente sobre los escenarios. Ocurrían en los viajes, los hoteles, los camerinos, las cenas y en esos pequeños momentos en los que los grandes artistas dejaban de ser estrellas para convertirse simplemente en personas.
Y quizá ahí está el verdadero legado de Mercedes Sánchez del Río.
Fue una gran agente musical, pero para muchos músicos fue algo más: la persona que estaba allí cuando hacía falta. La que acompañaba, escuchaba, cuidaba y encontraba una solución.
La que, en palabras de Alicia de Larrocha, fue para tantos de ellos un verdadero «ángel salvador de muchos apuros».
La inesperada partida de Mercedes nos deja un poco huérfanos de sus historias, de aquellos recuerdos que Mercedes guardaba con una memoria prodigiosa y que tanto disfrutaba compartir. Con ella se va una parte de una época en la que la música se construía también a través de las relaciones personales, de la confianza y del tiempo dedicado a los demás; una época en la que, muchas veces, el vínculo humano permanecía más allá de los grandes conciertos. La muerte de Mercedes cierra, de alguna manera, ese capítulo y nos deja el privilegio y la responsabilidad de conservar sus historias.
Hasta siempre, Mercedes.
por Carolina Bellver (agosto de 2026)
Foto: Mercedes Sánchez del Río (a la derecha de la imagen) junto a Teresa Berganza, sus hijas y Plácido Domingo, en la producción de Carmen en Edimburgo (Archivo personal de Mercedes Sánchez del Río)