Felicity Lott era alta, esbelta, con unas expresivas manos de dedos largos; tenía una sonrisa en la que se percibía una sutil sabiduría y un cierto desdén; vestía atuendos que parecían sacados del baúl de su abuela, lujosos, pero un tanto ajados; era la última gran dame del canto.
Era maravillosa, sin tener una voz excepcional, interpretando a Mozart, Britten, a Offenbach; difícil imaginar una Duchesse de Gërolstain y una Belle Hèléne con más picardía y encanto sin caer jamás en la vulgaridad.
Kleiber la buscó para cantar la princesa Werdenberg, Feldmarschalin del Rosenkavalier, en la Wiener Staatsoper en 1994 y su encarnación del personaje fue tan completa y exquisita que me hizo olvidar a otras insignes cantantes a las que había visto en el mismo escenario; su imagen fumando un cigarrillo en el lecho en el que había estado con Oktavian, en esta ocasión una perfecta Von Otter joven, fue inolvidable; era una dama cansada, llena de melancolía y una elegancia suprema.
Después, en el Teatro Real, repitió la hazaña y todavía recuerdo las volutas del humo del cigarrillo enrollándose en su magnífica cabellera. Su tesitura era la de una soprano lírica que se desenvolvía con extrema facilidad en la zona media. Su dicción era perfecta en inglés, francés y alemán y su fraseo en estas lenguas, irreprochable.
Era tan inteligente que nunca tanteó el repertorio italiano para el que no se consideraba capacitada; era una cantante de matices muy delicados y el desgarro italiano no era lo suyo. Otras de sus especialidades eran el lied: Schubert, Wolf, Schumann y Richard Strauss, y la mélodie: Fauré, Hahn, Chausson, Poulenc, Gounod, llegando también a bordar sus interpretaciones de Cole Porter.
En el ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela, a dúo con una impagable Ann Murray, nos ofreció en 1995/96 uno de los recitales en que más me he divertido en mi vida. Fue una lección de cómo dos grandes artistas son capaces de seducir al público.
Lott deja un hueco en la escena que difícilmente lo podrá ocupar otra cantante intérprete, y dudo de que su perfume y encanto algún día se borren de nuestra memoria.
My Lady, a las 5 p.m. el té en el salón.
por Francisco Villalba