Música clásica desde 1929

Entrevista / Joan Cerveró, todas las músicas, todas las personas - por Joan Gómez Alemany

03/11/2026

Joan Cerveró es una de las figuras más polifacéticas de la actualidad, con una trayectoria que abarca la dirección, la composición, la gestión cultural, la interpretación, la docencia y la escritura. Ha impulsado proyectos fundamentales para la creación musical en España, como el Grup Instrumental de València (al frente del cual estuvo desde 1994 y que recibió el Premio Nacional de Música en 2005) y el Festival Ensems (cuya dirección asumió durante diecinueve ediciones, siendo el festival más antiguo de música contemporánea en España y uno de los más veteranos del ámbito europeo).

Recientemente nombrado director del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM), unidad del INAEM, inicia una nueva etapa al frente de la institución con el lema “Todas las músicas, todas las personas”, que resume su visión abierta de la cultura, en la que conviven épocas, géneros y sensibilidades diversas. Desde su perspectiva, programar se convierte en una forma de composición y la gestión cultural, en una herramienta para construir nuevas realidades.

En esta entrevista, Cerveró recorre los distintos territorios musicales y creativos que han marcado su trayectoria. Más que definirse por una única disciplina, entiende todas estas facetas como expresiones de una misma identidad: la de un músico interesado en explorar nuevas relaciones entre las obras, los artistas y su entorno.

 

¿Qué supone ser el nuevo director del CNDM?

Asumir la dirección del Centro Nacional de Difusión Musical es un orgullo y un reto. El CNDM es una institución fundamental para promover la música en España, apoyar a los compositores, impulsar la investigación y ofrecer una programación diversa y transversal. Fundado en 2011, tiene entre sus objetivos proteger y difundir el patrimonio musical, fomentar la creación y formar nuevos públicos. Las letras “N” y “D” de su nombre resumen dos aspectos esenciales de su labor: la dimensión nacional, que exige llegar a todo el territorio español y atender a su diversidad geográfica y social, y la difusión, que implica llevar la música española más allá de nuestro país. El Auditorio Nacional es uno de sus principales espacios, pero la actividad del CNDM debe extenderse a otras ciudades mediante la colaboración con asociaciones, festivales e instituciones culturales. También ha de traspasar nuestras fronteras a través de proyectos conjuntos, encargos y trabajos de investigación musicológica que contribuyan a proteger, estudiar y divulgar nuestro patrimonio. El reto consiste en desarrollar esta labor de forma amplia y diversa, combinando la recuperación del legado musical con el apoyo a la creación y a nuevas propuestas que enriquezcan el panorama cultural.

¿Cómo combinará el repertorio histórico con la creación contemporánea?

Una de las obligaciones fundacionales del CNDM es proteger el patrimonio musical. Para mí, este no comprende únicamente la música histórica, sino también la actual. Debemos recuperar las obras conservadas en los archivos, estudiarlas y devolverlas a la vida mediante la interpretación, pero también tener presente que la música que se compone hoy formará parte del patrimonio del futuro. No sabemos qué obras perdurarán ni cuáles se estudiarán dentro de cien años. Lo que sí sabemos es que la creación de nuestro tiempo será parte de ese legado. El patrimonio no se limita a aquello que los programadores o gestores decidimos conservar: incluye también lo que se está creando y que adquirirá su lugar en la historia. Por eso, combinar el repertorio histórico con la creación contemporánea es una cuestión de equilibrio y coherencia. Debemos seguir recuperando y difundiendo la música del pasado, aprovechando el conocimiento y el acceso a los archivos, al tiempo que apoyamos a la creación actual.

¿Cómo valora hoy la trayectoria del Grup Instrumental de València, que dirigió desde 1994 y obtuvo el Premio Nacional de Música en 2005?

Mi generación vivió la Transición y la necesidad de construir una nueva identidad cultural tras la Guerra Civil y el franquismo. Aunque hoy puedan parecernos acontecimientos lejanos, sus consecuencias permanecieron durante mucho tiempo en nuestra sociedad. En aquel contexto, la música de creación se convirtió en una forma de expresar el deseo de renovación y de acercarnos a Europa. Surgieron colectivos musicales, laboratorios de música electroacústica, festivales y proyectos que exploraban nuevos lenguajes y se alejaban de los modelos tradicionalmente asociados a la música española. Muchos vivimos aquel proceso como un proyecto colectivo, con la voluntad de construir una realidad cultural más abierta e internacional. El Grup Instrumental de València nació de ese impulso. Queríamos ofrecer a los compositores una formación con la que interpretar sus obras y, al mismo tiempo, acercar al público músicas internacionales que apenas se habían escuchado en España. Aprendimos que la música iba mucho más allá de la melodía y que el sonido, en toda su amplitud, podía convertirse en materia de creación, especialmente con el desarrollo de la música electroacústica. Una de las grandes aportaciones del grupo fue servir de plataforma para la creación contemporánea y recuperar repertorios que apenas tenían presencia en nuestro país. Aunque llevaba el nombre de València, nunca fue un proyecto local: tenía una vocación abierta e internacional y representaba la música española desde una ciudad con una enorme potencia musical y creativa. Junto con el Festival Ensems, el Festival de Alicante y otras iniciativas, contribuimos a consolidar un foco fundamental para la música actual.

¿Qué aprendió de su experiencia al frente del Festival Ensems?

La gestión es una parte fundamental de la vida musical: hay que organizar conciertos, comunicar ideas y crear las condiciones para que la creación llegue a los oyentes. La función del músico puede abarcar la interpretación, la composición, la investigación y también la gestión. Grandes compositores como Mozart, Haendel o Rossini asumieron responsabilidades empresariales para poder presentar sus obras. No se trata solo de “vender” música, sino de saber comunicarla y hacer realidad los proyectos. Ensems, nacido en 1979, ha sido una parte esencial de mi trayectoria. Colaboré con el festival desde sus primeras ediciones y después asumí su dirección durante años. Siempre lo he entendido como un proyecto colectivo, y uno de mis objetivos fue consolidarlo, hacerlo crecer y darle visibilidad. Recuerdo que una espectadora me preguntó por qué necesitábamos nuevos compositores si ya teníamos a Beethoven y Mozart. Comprendía su planteamiento, pues ambos son compositores extraordinarios. Pero el mundo cambia y cada época tiene sus propias preguntas, inquietudes y formas de mirar la realidad. Necesitamos nuevas voces porque el arte expresa nuestra relación con el tiempo que vivimos. Por eso es esencial apoyar la creación contemporánea y desarrollar la gestión, la mediación y la difusión necesarias para que llegue al público. Esa ha sido una de las grandes enseñanzas de mi experiencia en Ensems.

¿Cómo entiende la educación musical y de qué manera ha intentado acercar la música a nuevos públicos a través de su labor como docente y gestor?

Además de músico y gestor cultural, siempre me he sentido profesor, y lo sigo siendo. Mi experiencia en la enseñanza de la percusión y de la música contemporánea me ha enseñado que educar consiste, sobre todo, en compartir. A menudo descubres a tus alumnos partituras y obras que no conocían y despiertas en ellos una curiosidad que les lleva a querer aprender más. No se trata de imponer conocimientos ni de establecer una relación jerárquica, sino de acercar otras músicas y formas de entender la creación que a veces quedan fuera de la enseñanza tradicional. Compartir también significa reconocer que cada persona accede a conocimientos y experiencias diferentes según sus circunstancias y oportunidades. Esa idea está detrás de proyectos como el Festival Moderna que también dirigí y que reunió a ensembles de toda España para interpretar, principalmente, música de compositores españoles y ofrecer una visión amplia de la creación del país. También he impulsado propuestas híbridas como la Mascletà simfònica, que pone en diálogo la tradición y la música contemporánea, y que conecta la creación con el contexto social y cultural en el que vivimos. Mi participación en colectivos, asociaciones e instituciones responde a la misma inquietud. Cada proyecto tiene sus características y su alcance, pero todos han contribuido a mi recorrido. Si tuviera que resumir las ideas que me han guiado, hablaría de tres: conocer, reconocer y compartir. Conocer otras realidades y formas de expresión, reconocer el valor de aquello que queda fuera de los circuitos habituales y compartirlo con los demás.

¿Qué lugar ocupa la dirección musical en su trayectoria?

Aunque me defino como director, nunca me propuse serlo. Lo que necesitaba eran herramientas para interpretar mejor la música que me interesaba. Como instrumentista de orquesta, observé que las obras contemporáneas no siempre recibían las mismas garantías de estudio que el repertorio clásico. En programas que combinaban una Sinfonía de Beethoven con un estreno actual, a menudo se dedicaba mucho más tiempo de ensayo a la primera. Había directores que defendían la música contemporánea, pero, en general, trabajar en su favor suponía ir a contracorriente. Decidí estudiar dirección para contribuir a cambiar esa situación desde mi propio ámbito. Tras trabajar como director asistente de Jean-Pierre Dupuy en el Grup Instrumental de València, asumí la dirección del grupo cuando terminó su etapa al frente. Fue una experiencia decisiva. Después surgieron oportunidades para dirigir ópera, conciertos sinfónicos y repertorio contemporáneo. Abordé obras clásicas como Don Giovanni, de Mozart, o música de Brahms, junto a piezas fundamentales del siglo XX, como La consagración de la primavera, de Stravinsky, y obras de Xenakis, Schnittke o Ligeti. Me interesaba, sobre todo, desarrollar proyectos artísticos que ofrecieran a la creación contemporánea las condiciones necesarias para crecer. Recuerdo también con especial satisfacción los seis o siete años de trabajo con el Ballet de Teatres de la Generalitat. Me sorprendió comprobar que en la danza las propuestas musicales contemporáneas encontraban, a menudo, una mayor receptividad que en el ámbito sinfónico. Los coreógrafos estaban abiertos a nuevos sonidos y lenguajes, lo que generaba un contexto de trabajo muy estimulante.

Como compositor y artista sonoro, ha trabajado en formatos muy diversos. ¿Cómo comenzó ese recorrido?

Empecé a componer muy joven, cuando me formaba como percusionista. Una de mis primeras obras fue Drama, una pieza teatral que estrené en un contexto juvenil. Después escribí para piano y percusión e incorporé elementos electrónicos de manera todavía sencilla. Mi entrada en la creación contemporánea se consolidó al participar en un curso de música electrónica y entrar en el Colectivo Actum, donde coincidí con músicos como Josep Lluís Berenguer. Como apenas existían obras para nuestra formación instrumental y muchas partituras que nos interesaban no llegaban a España, decidimos que cada integrante compusiera una pieza para el grupo y la interpretáramos en concierto. Aquella experiencia me dio el impulso que necesitaba. En uno de esos conciertos conocí a la coreógrafa Gracel Menéu, fundadora del Vianants Danza, que se interesó por mi obra Música de agua, de carácter minimalista, y me propuso componer para danza. Acepté y aquella experiencia abrió una vía de expresión fundamental en mi trayectoria. Después llegaron otras partituras para ballet, teatro, orquesta y música de cámara. Paralelamente, me interesé por las esculturas sonoras y el arte sonoro. Me atraía la relación entre el sonido y la estructura: cómo se condicionan mutuamente y qué posibilidades expresivas ofrece el sonido más allá de los límites tradicionales de la composición musical. Hay una paradoja en mi recorrido: nunca me propuse ser compositor, director o gestor cultural. Esas actividades fueron apareciendo y las asumí según las necesidades y oportunidades. Me he sentido cómodo en ellas porque nunca he necesitado definirme de manera exclusiva por ninguna. Lo que me define es ser músico. No me ha movido tanto alcanzar determinados hitos profesionales o conseguir reconocimiento como vivir de la música y en la música, explorando sus posibilidades. Me interesa todo tipo de música, desde la medieval hasta la contemporánea, aunque mi espacio natural sea la creación actual.

¿Qué lugar ocupan la escritura, la poesía y la investigación en su vida?

La escritura tiene para mí dos vertientes. Una es más técnica y está vinculada a la investigación sobre compositores, obras y procesos musicales. Necesito comprender por qué suceden las cosas, cómo funcionan y qué ideas hay detrás de ellas. La otra dimensión es más personal y tiene que ver con las preguntas fundamentales de la vida: qué hacemos aquí, cómo nos comunicamos con el mundo y cuáles son nuestros deseos. Siempre he escrito, aunque durante mucho tiempo no publiqué mis textos. A partir de la pandemia comprendí que escribir también puede ser una forma de curación y de compartir. Permite fijar experiencias, analizarlas y conocerse mejor. En mi caso, la escritura es bilingüe (valenciano-castellano) y me ayuda a dialogar conmigo mismo, expresar mis ideas y mostrar mi fragilidad. Es, en cierto modo, desprenderse de lo superfluo para llegar a lo esencial. La poesía ha sido mi territorio más propio. Durante los últimos veinte años, casi todos mis poemas han estado vinculados a la música. A menudo surge primero la música y después el texto, aunque ambos nacen de una misma intuición y terminan presentándose juntos. Esa relación entre palabra y sonido es fundamental en mis proyectos. Esta experiencia me ha llevado también a cuestionar las concepciones rígidas del lenguaje musical. Hoy podemos recuperar y compartir recursos tonales, modales y melódicos sin renunciar a otros lenguajes. No se trata de volver a modelos tradicionales, sino de reconocer que todas esas formas de expresión pertenecen a nuestra historia y podemos utilizarlas con libertad. Escribir nos proporciona perspectiva y nos ayuda a comprender el camino recorrido. Sigo escribiendo poesía, aunque publicar exige tiempo, rigor y depuración. No me preocupa tanto juzgar el valor de lo que escribo como compartir ideas y experiencias con personas que no necesariamente proceden del ámbito musical. También me interesa comprender por qué hago las cosas y aceptar mis imperfecciones y nuestra condición finita. Por otra parte, siempre he sido un lector casi compulsivo. La investigación forma parte de esa misma necesidad de conocer. Dediqué varios años a escribir mi tesis doctoral, titulada Hibridaciones entre música y pintura: la relación de Morton Feldman y Mark Rothko en “Rothko Chapel”. Compartir no consiste solo en ofrecer algo a los demás, sino también en estar dispuesto a recibir sus aportaciones. Por eso considero importante publicar y hacer circular las ideas, en lugar de dejarlas olvidadas en un cajón. La música, los textos y el pensamiento necesitan llegar a otras personas para ayudarnos a comprender mejor el mundo y a nosotros mismos.

Después de una trayectoria tan diversa, ¿qué le sigue motivando e ilusionando?

Ahora mismo me ilusiona especialmente mi trabajo como director del CNDM, una institución con la que he estado relacionado durante muchos años. Asumir esta responsabilidad es un privilegio y constituye mi actividad principal. Creo que programar también es una forma de componer, un arte en sí mismo. Al programar creas una realidad nueva y estableces relaciones entre elementos diversos. Ligeti decía que quizá no somos creadores en sentido estricto, sino constructores, como ingenieros o arquitectos que organizan y conectan sonidos. Para mí, la programación funciona de manera similar: permite descubrir realidades a través de músicas distintas y establecer relaciones entre ellas. En el CNDM conviven propuestas que van desde la música medieval y el canto gregoriano hasta la creación contemporánea, la electrónica y el arte sonoro, junto con géneros como el tango, el fado o la morna. Esta diversidad nos permite reflexionar sobre cómo vivimos en sociedad y cómo los sonidos expresan nuestra realidad. Por eso, el lema con el que presenté mi proyecto fue “Todas las músicas, todas las personas”. Creo profundamente en esa idea. Tengo el privilegio de contribuir a la vida musical de España desde una institución que para mí es un regalo. También es una responsabilidad que impone mucho respeto, casi un abismo, como en la reflexión de Nietzsche según la cual, cuando miras al abismo, este también te devuelve la mirada. Puede sobrecoger, pero lo vivo como un privilegio inmenso. Este trabajo me permite seguir sintiéndome compositor, director, músico y escritor, porque para mí todas esas facetas forman parte de una misma realidad. En el fondo, todo es lo mismo: una forma de vivir.

Gracias por su tiempo, le deseamos los mejor en esta etapa como nuevo director del Centro Nacional de Difusión Musical.

 

por Joan Gómez Alemany

 

Foto © Elvira Megías

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