Música clásica desde 1929

Crítica libros / Variaciones boulezianas sobre Klee - por Albert Ferrer Flamarich

02/05/2026

En un artículo publicado en The Nation el 6 de noviembre de 1995, Edward Said señalaba que, por encima de cualquier otro compositor del siglo XX —incluso más allá de Arnold Schönberg—, Pierre Boulez se distinguía no solo por su producción musical, sino también por la amplitud y densidad de su legado escrito. Miles de páginas dan cuenta de una actividad ensayística excepcional, sostenida por una inteligencia analítica poco común, con la que el músico francés fue capaz de articular un sólido entramado conceptual destinado tanto a su propia práctica como a un lector ideal, exigente y atento. Said subrayaba, además, la determinación de Boulez por restituir la experiencia musical al ámbito de la escucha reflexiva y la crítica informada, situando su obra —y la de su entorno— en un horizonte que trasciende lo puramente sonoro para insertarse en un marco cultural más amplio.

En esta línea se inscribe El país fértil (1989), publicado en 2024 por Acantilado en una cuidada edición con traducción del compositor José María Sánchez Verdú. El volumen ofrece una de las facetas más sugestivas del pensamiento de Boulez a través de su aproximación a Paul Klee, figura capital de las vanguardias del siglo XX. Pese a su extensión contenida, el texto despliega una notable densidad especulativa, construida a partir de un tejido argumental que alterna procedimientos inductivos y deductivos. En él se examina la huella de la música en la obra y en la personalidad del pintor suizo-alemán, cuyo descubrimiento por parte de Boulez en 1947, durante el Festival de Aviñón, dejó una impresión duradera. La lectura nos sitúa así ante un diálogo cruzado: un compositor que reflexiona sobre un artista plástico profundamente permeable a lo musical. Esta intersección, tan característica del pensamiento estético del siglo pasado, permite a Boulez inscribir a Klee en su tiempo —en plena efervescencia de las corrientes de vanguardia— sin obviar, sin embargo, sus afinidades con tradiciones anteriores, como su conocida predilección por Johann Sebastian Bach o Wolfgang Amadeus Mozart.

A lo largo del ensayo, Boulez despliega un análisis riguroso, no exento de una cierta beligerancia frente a los corsés del academicismo, para interrogar los procesos de creación y las condiciones —técnicas, estéticas e históricas— que configuran la producción de Klee. Su reflexión se adentra asimismo en cuestiones de orden ontológico, situadas en el espacio de fricción entre pintura y música. En ese territorio, el autor establece paralelismos entre categorías como línea y melodía, ritmo y estructura, o entre procedimientos polifónicos y modos de organización visual. A ello se suman conceptos como la simultaneidad de perspectivas (óptica vertical y lateral), la heterofonía o la articulación del tiempo y el espacio como ejes que condicionan la percepción global de la obra.

Particularmente sugerente resulta su interpretación de la fuga en Klee, entendida como la configuración de una figura principal y otra secundaria que se desarrollan a través de múltiples variantes hasta alcanzar formas de convergencia estrecha. Desde las primeras páginas, Boulez fundamenta su discurso en el lenguaje como construcción, transitando constantemente entre el universo kleeniano y el musical mediante un vaivén conceptual que refuerza la analogía sin diluir las diferencias. De ahí que insista en la especificidad de cada ámbito: si bien pueden establecerse correspondencias estructurales, los códigos que rigen lo sonoro y lo visual responden a lógicas distintas. Esta cautela lo sitúa en sintonía con reflexiones de pensadores como Theodor W. Adorno o Claude Lévi-Strauss, quienes también exploraron los límites y posibilidades del diálogo entre disciplinas.

En este contexto, la dimensión formal adquiere en Boulez un carácter marcadamente racional, incluso próximo a lo lógico-matemático. Conceptos como el movimiento sugerido o el principio de variación se integran en la idea de una forma originaria —una Urform— capaz de generar desarrollos amplios en el tiempo, en afinidad con el pensamiento serial. Este despliegue —la Durchführung— no se concibe como algo externo al cuadro, sino como una dinámica interna que parece quedar absorbida por la propia superficie pictórica. Es, en última instancia, la mirada del espectador la que activa esas transformaciones, modulando la experiencia perceptiva y revelando la complejidad latente de la obra.

El conjunto se presenta, en definitiva, como una lección condensada de historia y teoría del arte que combina claridad expositiva con profundidad analítica. La edición se completa con un extenso anexo que reúne más de sesenta reproducciones de obras de Klee, así como ejemplos de partituras citadas, impresos con notable calidad y siguiendo los cuidados estándares habituales de la editorial. Un volumen que, sin renunciar a la exigencia intelectual, se lee con fluidez y confirma la vigencia del pensamiento de Boulez en el cruce entre música, pintura y reflexión estética.

Albert Ferrer Flamarich

 

El país fértil.

Pierre Boulez.

Acantilado. Barcelona, 2024. 136 págs.

ISBN: 978-84-19958-28-0

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