El Gran Teatre del Liceu inaugura la temporada 26/27 con Aida de Verdi, con dirección escénica de la artista iraní Shirin Neshat. Neshat propone una lectura reivindicativa en torno al conflicto entre los protagonistas y las estructuras que los rodean: el fanatismo religioso, el poder político y un gobierno autoritario.
El director italiano Antonello Manacorda y el director de Vila-real Josep Gil se alternarán en la dirección musical de Aida , en un total de diecisiete funciones en el Liceu. Esta inauguración de temporada cuenta con un reparto excepcional, con las voces de Anna Netrebko y Anna Pirozzi (Aida); Ivan Gyngazov y Piotr Beczała (Radamès); Artur Ruciński y Ludovic Tézier (Amonasro); Ekaterina Semenchuk y Fiorenza Cedolins (Amneris), entre muchos otros.
La producción
La responsable de la propuesta es una de las artistas audiovisuales más importantes de las últimas décadas, la iraní Shirin Neshat, establecida en Nueva York desde la década de 1970. Fotógrafa, cineasta y creadora multimedia, con Aida ha realizado su primera incursión en la dirección escénica operística. Esta producción es un encargo original del Festival de Salzburgo que finalmente se concretó en la Ópera de París y que parte de una idea central: el conflicto entre los tres protagonistas —Aida, Radamès y Amneris— y las estructuras que los rodean: el fanatismo religioso, el poder político y un gobierno autoritario.
Shirin Neshat siempre ha introducido una mirada femenina en su trabajo, y uno de los temas recurrentes de su obra es el papel que desempeña la mujer en la sociedad, especialmente en los países musulmanes. Para Neshat, este es precisamente uno de los territorios que siempre ha explorado en su obra: el de las mujeres situadas entre la tiranía política y el fanatismo religioso, que intentan defender al mismo tiempo su individualidad y su humanidad. La producción de Neshat tiene una atmósfera oscura y pesimista y, en lugar de centrarse en la gloria del vencedor, ilustra la caída inminente de una civilización.
Sin embargo, Neshat no quiere reducir su obra a una simple lectura de propaganda política. Su interés se centra sobre todo en cuestiones más individuales y universales, como la identidad femenina, la libertad, el deseo y las consecuencias del autoritarismo. Por ello, más que trasladar la ópera a un conflicto político concreto, su propuesta utiliza la historia de Aida para reflexionar sobre los mecanismos de poder y sobre la manera en que estos afectan a las personas. Neshat tampoco considera esta producción un objeto cerrado. Su relación con Aida ha ido evolucionando y cada nueva versión incorpora, de algún modo, los acontecimientos históricos que han tenido lugar entretanto.
La ópera habla así tanto de los grandes conflictos de la historia como de las personas que quedan atrapadas dentro de ellos. Aida, Radamès y Amneris no son solo tres individuos enfrentados por el amor, el deseo y el poder: también son cuerpos sometidos a unas estructuras políticas y religiosas que los superan.
Un reparto inaugural de lujo
Aida es una ópera de una dificultad extraordinaria para los cantantes. Radamès debe cantar su primera aria justo al comienzo, mientras que el momento más emblemático de la protagonista llega casi al final, cuando la soprano ya ha acumulado un gran esfuerzo vocal. Además, la obra combina escenas corales de gran exigencia con dúos de gran intensidad dramática. Es, por tanto, una pieza que requiere voces excepcionales y una gran resistencia vocal si se quiere representar al más alto nivel. El papel titular estará en manos de cuatro sopranos dramáticas, con la presencia de la imponente diva rusa Anna Netrebko, que cantará en cuatro funciones, incluida la del estreno, así como de Anna Pirozzi, Olga Maslova —seis funciones cada una— y Ewa Plonka. En el papel de Radamès habrá tres tenores spinto de primerísima categoría internacional: el polaco Piotr Beczała, ya consolidado como un clásico del Liceu, Ivan Gyngazov y Arsen Soghomonyan.
El papel de Amneris, escrito para mezzosoprano y que exige un gran equilibrio vocal y dramático con el de Aida, especialmente en su encarnizado duelo del segundo acto, será interpretado por tres figuras con una amplia experiencia: Ekaterina Semenchuk, Ksenia Dudnikova y Fiorenza Cedolins.
Finalmente, los papeles de voz grave que encarnan al Faraón y a Amonasro serán interpretados, respectivamente, por dos bajos —George Andguladze y Vittorio De Campo— y cuatro barítonos —Artur Ruciński, Ludovic Tézier, Amartuvshin Enkhbat y Àngel Òdena. El resto de papeles menores se repartirán entre Moisés Marín, en el papel del Mensajero; Carmen Buendía y Núria Vilà, como sacerdotisas; y los bajos Alexander Köpeczi, Giorgi Manoshvili y Simón Orfila, que interpretarán a Ramfis. En el apartado musical, la orquesta estará dirigida por los maestros Antonello Manacorda y Josep Gil, que asumirán la responsabilidad de dar forma a la monumental partitura de Verdi.
La guerra
La guerra es una de las grandes cuestiones de esta nueva lectura. Tradicionalmente, la gran escena triunfal de Aida ha sido uno de los momentos de mayor espectáculo de la ópera. Neshat desplaza la mirada: si toda victoria militar implica necesariamente la derrota, el desplazamiento o la destrucción de otro pueblo, ¿qué ocurre con aquellos que quedan fuera del relato del vencedor? Esta pregunta explica que la mirada de Neshat se haya ido desplazando progresivamente de los vencedores hacia los prisioneros, los desplazados, los esclavizados, las mujeres que esperan en silencio y los cuerpos que desaparecen detrás de los monumentos de la victoria. Después de años trabajando sobre el exilio, el desplazamiento y la violencia política, explica que cada vez le interesa más el mundo de quienes pierden las guerras que el de quienes las ganan.
Así, la marcha triunfal deja de ser simplemente una celebración del poder militar y se convierte también en una imagen de la violencia y del sufrimiento sobre los que se construye ese poder. Lo que tradicionalmente se presenta como una celebración de la victoria adquiere, en la propuesta de Neshat, una dimensión más oscura: detrás del triunfo están los vencidos, los cuerpos desaparecidos y una sociedad marcada por la violencia. En lugar de centrarse en la gloria del vencedor, la producción ilustra la caída inminente de una civilización. Neshat no busca establecer una equivalencia directa con una guerra determinada, sino utilizar el conflicto de Aida para plantear una reflexión más universal sobre la guerra, el poder y sus consecuencias sobre quienes sufren sus efectos.
Woman, Life, Freedom
Neshat explica que el movimiento iraní Woman, Life, Freedom —Mujer, Vida, Libertad— transformó profundamente su manera de entender la imagen de la mujer velada y, en general, la representación de las mujeres de Oriente Próximo. El movimiento surgió a raíz de la muerte de Jina Mahsa Amini en septiembre de 2022, después de haber sido detenida por la policía de la moral iraní. Las protestas posteriores situaron los derechos y la libertad de las mujeres en el centro de un movimiento mucho más amplio contra el sistema político iraní. Neshat se ha identificado explícitamente con este movimiento. Defiende que, precisamente porque el régimen intenta controlar y silenciar a las mujeres, estas se han convertido en uno de los principales focos de resistencia política del país.
Shirin Neshat: Iran, exilio e identidad
Shirin Neshat nació en Qazvin, Irán, en 1957 y se trasladó a Estados Unidos cuando era muy joven, antes de la Revolución Islámica de 1979. La revolución tuvo lugar mientras ella estaba fuera del país y transformó profundamente su relación con Irán. Durante años no pudo regresar. El exilio es una de las cuestiones centrales de toda su trayectoria artística. En su obra, Neshat explora la paradoja de ser una artista que intenta dar voz y representar a una sociedad a la que pertenece, pero a la que no puede regresar. La relación entre mujer, poder político, religión y libertad individual ha sido una constante en su obra desde los años noventa.
Por tanto, su relación con Irán es compleja: es una artista profundamente vinculada emocional y culturalmente a su país de origen, pero al mismo tiempo crítica con la República Islámica y con las estructuras políticas y religiosas que limitan la libertad individual, especialmente la de las mujeres. Esta tensión entre pertenencia y distancia, entre identidad y exilio, es fundamental para comprender su mirada artística.
Esta experiencia de desplazamiento y doble pertenencia tiene una conexión evidente con Aida, una mujer que vive lejos de su tierra y está dividida entre la fidelidad a su país, los vínculos familiares, el amor y la libertad individual. En este sentido, la historia de Aida ofrece a Neshat un espacio para reflexionar sobre una experiencia que, aunque situada en un contexto histórico y geográfico diferente, le resulta profundamente familiar: la dificultad de conciliar la pertenencia a una tierra con la necesidad de preservar la libertad.